sábado, 17 de junio de 2023

VA DE LIBROS: UNA TRENZA DE HIERBA SAGRADA. Robin Wall Kimmerer

En este maravilloso ensayo, Robin Wall Kimmerer, trenza conocimiento, historia, mitología, experiencias personales, filosofía indígena, espiritualidad y ciencia, bajo el hilo conductor de las plantas; no en vano, es botánica. A lo largo de sus 464 páginas, podemos encontrar reflexiones personales -casi siempre inspiradas por la etnobotánica o la mitología indígena norteamericana y enlazadas con los conocimientos científicos actuales- sobre su concepción de las relaciones entre los seres humanos y el resto de los seres vivos, a los que se refiere como “Personas no humanas”. Este marco conceptual, fuera de las jerarquías antropocéntricas clásicas de la cultura occidental, se manifiesta a lo largo del libro en la utilización de las mayúsculas para escribir el nombre de las especies a las que se refiere. 

Partiendo del proceso de regalar una trenza de la hierba sagrada, Hierochloe odorata, - del griego Hieros: sagrado y Clöhe: hierba- y su significado dentro de la cultura Potawatomi (los que mantienen el fuego) a lo largo de las cinco partes en que se divide el libro, con metáforas, símiles y reflexiones que parten de una especie biológica, una historia, un mito, una vivencia o una profesión tradicional, nos va introduciendo en su cosmovisión: la concepción de un mundo donde el tiempo no es lineal, sino omnipresente, como las aguas de un lago; los humanos no están en la cúspide de ninguna jerarquía, sino en equilibrio con el resto de “Personas no humanas” y basan sus relaciones con los seres vivos en la gratitud, la cosecha honorable y el cuidado mutuo.

Robin Wall Kimmerer (1953), es profesora de biología ambiental y forestal. Directora del Centro para los estudios nativos y el medio ambiente de la facultad de Ciencias Ambientales de Nueva York y miembro de la Citizen Potawatomi Nation (tribu reconocida por el gobierno de EEUU). Se graduó en Botánica en 1979 y es directora del Centro para los pueblos Nativos y el Medio Ambiente; el centro, entre sus objetivos, cuenta con la pretensión de que la ciencia se beneficie de la sabiduría de la filosofía nativa para alcanzar el objetivo común de la sostenibilidad. Es defensora del enfoque del conocimiento ecológico tradicional: un enfoque científico, profundamente empírico, que se basa en la observación a largo plazo e involucra consideraciones culturales y espirituales; puntos, estos últimos, tradicionalmente marginados por la comunidad científica.

Una trenza de hierba sagrada se publica en 2015, en el contexto histórico de una de las sociedades, sino la más, consumista de la historia. Una sociedad con el recuerdo, aun reciente, de la terrible crisis financiera de 2008, fruto de la explosión de la burbuja inmobiliaria. Los mecanismos de retroalimentación positiva que desembocaron en la explosión de la burbuja, y la codicia subyacente, si bien no se referencian explícitamente en el libro, se identificarán metafóricamente con el Wendigo, monstruo mitológico del pueblo anishinaabe, que desrrollaré en la última parte de esta entrada. Una sociedad donde la polarización está en auge, favorecida por la inmediatez y capacidad de difusión de las redes sociales y alimentada por la desinformación: información engañosa que se crea, presenta y divulga con fines lucrativos o para inducir a error deliberadamente a la población con la intención de conseguir algún beneficio. Una información falsa que se cuela entre miríadas de datos que los ciudadanos, desbordados por su cantidad, son incapaces de pasar por el filtro del razonamiento crítico: Una sociedad de ruido que se siente discurrir a toda velocidad.

Esta sociedad ruidosa, engañosa; donde la credibilidad de las fuentes de información se desvanece, se disuelve en un mar de bulos, rumores, sondeos, estadísticas alteradas, estudios científicos presuntamente imparciales y falacias, deviene en una pérdida general en la fiabilidad de los valores de generaciones precedentes. Los cimientos de la realidad sólida y duradera de nuestros abuelos se resquebrajan. La realidad parece cambiar a una velocidad de vértigo y puede hacerlo en cualquier dirección, en cualquier momento. Las personas ya no quieren aferrar su identidad a unos valores tradicionales que, de un día para otro, pueden quedar obsoletos. Una sociedad líquida, como nos contó el sociólogo Zigmunt Bauman, una sociedad donde las realidades sólidas, como el matrimonio o trabajo para toda la vida, se han desvanecido y han dado paso a un mundo mudable, provisional y, con frecuencia, agotador. Una sociedad donde los ciudadanos tienen miedo a ponerse un traje que luego no se puedan quitar. Los nativos digitales se han acostumbrado a un tiempo veloz, a la inmediatez, seguros de que las cosas no van a durar mucho y pronto quedarán obsoletas. 

En este contexto, el calentamiento global y la sobreexplotación de recursos naturales se convierten en temas candentes en una economía dependiente del consumo, también dividida, polarizada, entre aquellos que piensan que vamos al límite y hay que frenar la sobreexplotación de los recursos antes de que sea demasiado tarde -aunque eso signifique el decrecimiento- a fin de evitar una gran tragedia, a menudo magnificada; y aquellos que confían en que la tecnología y el desarrollo, como han venido haciendo hasta ahora, salvarán los limites actuales, dándonos mucha más cancha o eliminándolos totalmente, y defienden que la verdadera tragedia -también, a menudo magnificada- sería la crisis económica resultante de parar la sobreexplotación de los recursos naturales ahora. Bajo este marco, Robin se posiciona contra la reducción de la naturaleza a una propiedad humana y a su explotación para obtener beneficios, en favor de un modelo de desarrollo donde se contemplan todos los seres y la regeneración mutua para el bienestar de todos bajo los principios de “La cosecha honorable”.

A lo largo del libro, Robin reflexiona sobre diversos temas que se vertebran en el enfoque de los dones, la gratitud y la cosecha honorable para descubrirse, al final, como poderosas armas para vencer al moderno Wendigo:

El mundo como un Don: Robin, utiliza las fresas como metáfora de la economía de los dones. Las fresas pasan día y noche mezclando azucares, semillas, colores y olores para conseguir ser atractiva a un animal y que este las disperse. El valor adaptativo de la fresa depende de ser lo más atractiva posible, la fresa se da. Bajo su punto de vista, la relación de los humanos, no solo con las fresas, sino con el resto de las especies, debe transformarse en una actitud de gratitud, es la percepción humana lo que hace del mundo un regalo y el ser humano tiene la obligación moral de responder ese regalo con los cuidados apropiados: “Una especie y una cultura respetuosas con el mundo natural, capaces de responder a sus dones, pasarán sus genes a las generaciones futuras con mayor frecuencia que aquellos que las destruyen. Los relatos que modelan nuestros comportamientos tienen, entonces, consecuencias adaptativas”. Nos dice, coincidiendo con el mitólogo Josep Campbell y los biólogos evolutivos Heying y Weinstein.

Gratitud: La gratitud, es uno de los hilos conductores del libro y parte fundamental de la filosofía de vida que defiende. Partiendo del juramento de lealtad a la tierra Onondaga, nos recuerda algo “que no se escucha lo suficiente” y que choca frontalmente con la cosmovisión occidental: que el ser humano no está a cargo del mundo, sino que se encuentra sujeto a las mismas fuerzas que el resto de las formas de vida. Dar gracias por los dones que la tierra ofrece al ser humano, lleva asociada una responsabilidad hacia el resto de cada elemento de la creación. Sin embargo, llega a la misma conclusión que ya llegaron los estoicos y otras filosofías occidentales afines: que lo que se tiene es más que suficiente,Uno no puede escuchar el mensaje de Gratitud sin sentirse intensamente rico. Y aunque las muestras de agradecimiento parezcan algo inocente, constituyen en realidad algo revolucionario. en una sociedad consumista, estar satisfecho con lo que se tiene supone una propuesta radical”.

La cosecha honorable: Partiendo de nuestra necesidad como heterótrofos de alimentarnos de la vida de otros seres vivos, y la tensión que se produce entre el respeto a las vidas que nos rodean y su utilización para nuestra propia supervivencia. El concepto de cosecha honorable se desarrolla a fin de dar respuesta a la pregunta ¿Cómo podemos consumir haciendo justicia a las vidas que tomamos? La respuesta estriba en: No tomar aquello que esta a nuestro alcance, sino aquello que se nos ofrece y, para ello, es preciso aprender a pedir permiso. Así, la evaluación de las señales empíricas que juzgan si una población está suficientemente sana y saludable para soportar una cosecha que no ponga en riesgo su supervivencia futura (Si está en condiciones de compartir sus dones) se complementa con una intuición heredada del saber, puramente empírico, ecológico indígena que se puede resumir en este reglamento:

 

“Conoce las costumbres y necesidades de quienes cuidan de ti, para poder cuidar tu de ellos.

Preséntate. Que te conozcan como aquel que viene que viene a cuidar la vida.

Pide permiso antes de tomar nada. Acata la respuesta.

Toma solo lo que necesites.

Toma solo aquello que se te ofrece.

Nunca tomes más de la mitad. Deja algo para los demás.

Cosecha de manera que el daño sea el menor posible.

Utilízalo de forma respetuosa. Nunca desperdicies lo que has tomado.

Sé sostén de aquellos que te sostienen y la tierra durará para siempre”. 

Cualquiera que conozca un poco de dinámica de sistemas, esa ciencia tan occidental, así como cualquier padre que quiera bien educar a sus hijos, sin duda suscribiría cada uno de sus versos.

Por último, a través de la figura del Wendigo, el monstruo legendario del pueblo anishinaabe: una criatura enorme, de tres metros de altura, con forma humana, brazos semejantes a troncos,  pies como raquetas de nieve, corazón de hielo y tan voraz que se ha comido sus propios labios. Un monstruo que se deja ver en busca de los humanos en invierno, cuando las despensas están vacías y reina la necesidad, en el tiempo de la Luna del Hambre. 

Los relatos del Wendigo se cuentan en torno al fuegos para asustar a los niños. Si no se portaban bien corrían el riesgo de ser devorados o peor que eso, porque el Wendigo no nace, se hace; en realidad, son seres humanos devenidos en monstruos caníbales, al morder a una persona, la transforman también en monstruo. La maldición del Wendigo era el tormento de un hambre insaciable. El hambre que no puede satisfacer se convierte en su naturaleza. Cuanto más come, más desea comer y vive en una constante tortura. La perdición del hombre, convertido en un ser con un corazón de hielo, consumido por sus propias ansias de consumo. Un relato moralizante que previene a las sociedades comunales del peligro de los individuos codiciosos.

En dinámica de sistemas, el Wendigo representa un ciclo de retroalimentación positiva: Cuanto más come, más hambre, cuanto más hambre, más come; lo que nos lleva a un frenesí de consumo desaforado que lleva a la autodestrucción. Ejemplos de estos ciclos son las adicciones (al alcohol, las drogas, al juego…) Robin identifica una nueva clase de Wendigo: las compañías multinacionales que devoran los recursos de la tierra insaciablemente, no por necesidad, sino por avaricia y el sistema económico que prescribe el crecimiento infinito en un planeta finito; como si las leyes de la termodinámica no fueran con ellos y olvidando que el crecimiento perpetuo es, simplemente, imposible por las propias leyes naturales.

Robin sabe que el Wendigo es un monstruo demasiado poderoso y reconoce no tener armas, ni fuerza para vencerlo. Sin embargo, sueña, al final del libro, con un Wendigo abatido por los frutos indeseables de su propia codicia, retorciéndose en el suelo debido a un dolor de estómago insoportable, un ser insaciable cuyo sufrimiento es más fuerte que su hambre; al que una mano sanadora cura con una infusión de los dones agradecidos de la cosecha honorable y le cuenta los relatos tradicionales indígenas que nos enseñan a convivir en harmonía con los límites de la naturaleza.

En resumen, a lo largo de un libro maravilloso, lleno de poética, Robin nos sugiere las recetas para lidiar con un presente caótico a merced de la mercantilización y sus subproductos: El retorno a la experiencia, contacto y conexión con la naturaleza, a los valores tradicionales indígenas, el respeto a todas las formas de vida, el desarrollo sostenible, conservación de los ecosistemas, y la observación científica sincera y espiritual del mundo que nos lleve a respetar sus límites. Unas recetas que, a pesar de su aparente lejanía cultural, ya conocemos en occidente a través de los clásicos; como la vía negativa, que nos conmina a prevenir los daños como remedio ante la incertidumbre, bajo pena de consecuencias indeseadas mayores; la aceptación de la frugalidad como fuente de riquezas de cínicos y estoicos, contra la sobreexplotación de los recursos; y la gratitud, generosidad y hermandad cristiana, contra la polarización. Si bien esta hermandad, Robin la extiende a todos los seres de la tierra.


domingo, 4 de junio de 2023

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL (Centaurea hyssopifolia)

Hoy conoceremos (y desconoceremos) una planta endémica de nuestros campos, una planta que únicamente los Añoveranos (y habitantes de la reducida franja de poblaciones donde crece) tenemos el privilegio de poder contemplar en su hábitat. Un privilegio, no obstante, reservado únicamente a aquellos que saben que lo tienen. Hablamos de Centaurea hyssopifolia, una planta única que, a pesar de su aparente futilidad, a poco que reflexionemos un poco, tiene mucho que contarnos.

Centaurea hyssopifolia. Añover de Tajo

Esta planta perenne, con hojas de aspecto pulverulento y flores rosáceas, florece de mayo a junio y se puede encontrar en cerros margo-yesíferos del centro peninsular ocupando posiciones abiertas y soleadas. Coloniza sustratos ricos en sulfatos y es toda una pionera en los matorrales gipsófilos, formando parte de las peculiares y exclusivas comunidades de los suelos yesíferos -muy ricos en endemismos- del centro peninsular. Es como si, al encontrar una Centaura hyssopifolia, de pronto, uno cayera en la cuenta de estar en un museo ante una pieza única, un museo inmenso cuyo techo es el cielo soleado, sus paredes el horizonte y donde sus exclusivas obras de arte vivo -nunca mejor dicho- aguardan a la espera de ser descubiertas y admiradas por los visitantes más avispados. No está nada mal para un paseo ¿No creen?

Distribución de Centaurea hyssopifolia

Imaginen la cola de gente esperando entrar en el Museo del Prado: la fila se extiende a lo largo del paseo, desde la entrada hasta la plaza Murillo, bajo un sol moderado a primera hora, que se espera tórrido a mediodía. Los visitantes, una vez dentro, esperan contemplar con sus propios ojos algunas de las exclusivas obras de arte que allí se encuentran y darán por merecida la espera. -Esto es un rollo- se quejan los niños a los que sus padres han obligado a acompañarles. -No sirve para nada- rematan, pensando que podría estar invirtiendo su tiempo en cosas más productivas, como subir de nivel (y de paso de estatus entre sus amigos) en el videojuego de moda o comprándose el bolso que todas sus amigas codician. Otro adolescente, se pregunta qué utilidad puede tener para su futuro como ingeniero esta visita a la que su instituto le obliga a asistir, mientras sopla de aburrimiento para dejar claro a sus profesores su disconformidad. Tampoco falta quien se pregunta, ya adulto, cómo es posible que haya gente capaz de pagar por esto, mientras con una forzada sonrisa, toma la mano de su acompañante: la razón por la que realmente está allí. Nuestros quejicas coinciden en su concepción de la futilidad del arte, del poco valor que tienen las cosas que no tienen un claro valor utilitario. Tampoco hay muchos usos descritos para nuestra protagonista de hoy más allá de su rareza, el de arder cuando se la quema y, probablemente, ser un indicador de suelos pobres, donde la vida se adivina de todo menos fácil.

Un museo sin más techo que el cielo y paredes que el horizonte: Campos de Añover. 

El premio princesa de Asturias de comunicación y humanidades 2023, Nuncio Ordine, en su ensayo “La utilidad de lo inútil” del que he tomado el título de esta entrada, nos invita a reflexionar, precisamente, sobre este punto que comparten nuestra protagonista de hoy, Centaurea hyssopifolia y el arte; a saber, su aparente inutilidad. Ordine, a través de una serie de textos clásicos, nos advierte de que el valor de las cosas va mucho más allá de su propósito utilitarista y el beneficio económico que pueda reportar, y considera que es útil todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores, también reflexiona sobre el antiguo y común error del que ya nos advirtieron los estoicos en la pluma de Séneca: el de valorar a las personas por los hábitos que visten y no por lo que son. Una advertencia sobre el peligro de la mercantilización de la educación, que convierte a los alumnos en clientes; de la ciencia, que desdeña la investigación básica; y la cultura, que se restringe al consumo de masas, llevándose en el proceso la dignidad de las personas por delante. Un manifiesto, en definitiva, en favor del valor de lo inútil que nos hace mejores humanos.


En la misma línea, y tomando como base, ya no solo las enseñanzas clásicas, sino una lectura de la estadística en el marco del escepticismo empírico moderno, Taleb, en los libros que componen “Incerto” nos advierte a lo largo de su obra de las consecuencias desastrosas de olvidar las consecuencias de “lo que no sabemos que no sabemos” en una inapelable refutación, basada en los límites del conocimiento, a los planteamientos utilitaristas que pueden desembocar, precisamente, en un desastre desde el punto de vista utilitarista; para muestra, desde las advertencias de Solón a Criso en la antigua Grecia hasta la crisis económica de 2008. Weinstein y Heying en su “Guía del cazador-recolector para el Siglo XXI” llegan a la misma conclusión con las consecuencias de los efectos iatrogénicos no esperados de la supresión de estresores que, a priori, podría parecer útil y buena. Idea que se puede resumir en la famosa frase de Chertestón: “Nunca quites una valla hasta que sepas la razón por la que fue colocada”. Pero esto da para otra entrada y me lo guardo para el futuro que luego me dicen que me enrollo mucho.


En mi búsqueda de información sobre nuestra protagonista, apenas he encontrado un artículo que confirma el adelanto de su floración con la sequía y generalidades sobre sus adaptaciones a ambientes con estrés hídrico como el de nuestros campos: nada que no comparta con otras especies propias de climas secos; por lo que no puedo decir más que, aparte de su rareza y singularidad, gran parte de los posibles conocimientos sobre Centaurea hyssopifolia se encuentran en la zona de lo que no sabemos y, probablemente, la gran mayoría en la inmensa zona de lo que no sabemos que no sabemos. En definitiva, nuestra singular amiga es un misterio. Un misterio único que pocos tienen la suerte y oportunidad de contemplar y entender. Un misterio -pensé, influido por el símil del museo- como la sonrisa de la Gioconda, solo que más nuestro, más exclusivo. Nuestro campo, ese museo natural con el cielo y el horizonte como límites, no solo esconde piezas únicas y más o menos bellas, también esconde misterios aun por resolver; un vasto campo de posibilidades en la zona de lo que no sabemos, más vasto aun en la zona de lo que no sabemos que no sabemos. 

Centaurea hyssopifolia.

Así que ya sabéis. Si en vuestros paseos por el campo os encontráis con esta vecina de flores compuestas rosadas, sabed que os encontráis ante una planta que muy pocos tenemos el privilegio de encontrarnos, un endemismo que es de los primeros en colonizar los, tan difíciles para la vida, pero aun así biodiversos, suelos yesíferos que habitamos, cuyo desconocimiento y falta de uso general puede hacernos meditar sobre la utilidad de lo inútil y la importancia de lo que no sabemos, mientras nuestra imaginación vuela y convierte los caminos en los pasillos de un majestuoso y exclusivo museo de obras vivas, sin más techo que el cielo ni más paredes que el horizonte. No está nada mal para un paseo ¿Verdad?




sábado, 27 de mayo de 2023

IR AL CERRO, SALVAR A ULISES Y VOLVER CON DIOS. (Peganum Harmala)


"Y llegó a Horeb, el monte de Dios. Y se le apareció el ángel del Señor en una llama de fuego, en medio de una zarza; y Moisés miró, y de aquí, la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces dijo Moises: Me acercaré ahora para ver esta maravilla: por qué la zarza no se quema". Exodo 3: 1-3 

Moisés y la zarza ardiente. Bóveda del Vaticano.

Hoy os presentaré una de las plantas que podemos encontrar en nuestros campos que más puede acercarnos a Dios o, al menos, a una experiencia muy parecida a encontrárselo o tenerlo dentro; y no, no es broma. Acompañadme en este viaje a través del tiempo y la etnobotánica hasta los mismísimos orígenes de la civilización occidental y la influencia que esta planta, Peganum Harmala -conocida también como harmal, ruda Siria o ruda salvaje- ha podido tener en nuestra forma de concebir el mundo. 

Peganum Harmala. Añover de Tajo.

Podemos encontrar a nuestra protagonista de hoy, exhibiendo sus flores blancas en Mayo, al borde de los cultivos de secano que flanquean el camino al cerro San Gregorio. Sus semillas triloculares, contienen un 3-4% de potentes alcaloides inhibidores de la aminomonoxigenasa (IMAO) principalmente harmina, harmalina, harmol y derivados cercanos; alcaloides a los que se les han atribuido multitud de usos farmacológicos y propiedades psicotrópicas, siendo usada frecuentemente como acompañante y potenciador de otras drogas.


Alcaloides de P. Harmala

La ruda Siria llegó a España a manos de los árabes en el primer siglo de nuestra era, es autóctona de las regiones comprendidas entre el este del mediterráneo e India y su relación con el hombre se remonta a los orígenes de la civilización, encontrándose citada en antiguos textos cuneiformes mesopotámicos. 

En tiempos preislámicos, en Oriente Medio, se quemaban sus semillas para producir un humo embriagador, este uso en forma de humo llega hasta nuestros días; en Turquía, beben una decocción de las semillas mezclada con Cannabis que “ciega la mente y aumenta el poder de la imaginación” y como talismán contra el mal de ojo; en India, tras tostar las semillas, se machacan para obtener un fino polvo que fuman mezclado con tabaco y el aceite de sus semillas se vende como afrodisiaco; en Irán, en pleno siglo XXI, se han documentado casos de hospitalizaciones por intoxicación tras ingerir sus semillas; como la de una mujer joven hospitalizada con alucinaciones al consumirla como remedio contra la amenorrea y el ingreso con trastornos intestinales y vómito sanguinolento de un hombre, adicto a los opiáceos, que ingirió las semillas aconsejado por su abuela siguiendo la tradición familiar. 


Estudios más modernos sugieren propiedades antitumorales y un amplio rango de efectos farmacológicos: Cardiovasculares, sobre el sistema nervioso, gastrointestinales, antimicrobianos, antidiabéticos, osteogénicos, inmunomoduladores y emenangogos; no son pocas, tampoco, las intoxicaciones reportadas tras la ingestión de sus semillas y efectos adversos con síntomas como: alteraciones intestinales, temblores e inhibición de la capacidad locomotora, alucinaciones, elevación de la temperatura corporal, bradicardia, baja tensión arterial, descoordinación motora, ataxia, vómitos e indicios que apuntan a posibles efectos mutagénicos; pudiendo ser mortal, sobre todo, mezclada con alcohol.


La ruda Siria y el ser humano llevan milenios (y no pocos) en una relación mutua de amor y miedo, de beneficios/perjuicios que la experiencia puramente empírica, con sus aciertos y errores, durante miles de años, ha mantenido en equilibrio hasta nuestros días y la ciencia y arqueología moderna parecen estar corroborando. 

P. Harmala en Añover de Tajo

¿Y qué tiene que ver todo esto con Dios, diréis? Estamos en ello, pero antes hay que conocer un término que acuñaron los autores de un artículo sobre drogas alucinógenas en 1979, este nombre es: enteógeno. Un enteógeno es una sustancia vegetal o un preparado de sustancias vegetales con propiedades psicotrópicas que cuando se ingiere provoca un estado modificado de consciencia. Se utiliza en contextos espirituales, religiosos, ritualísticos y chamánicos, además de usos recreativos o médicos; su significado deriva del griego y significa, literalmente, que tiene un Dios dentro. Sí, a nosotros nos suena a drogas, y así es como las tratamos, pero este tipo de sustancias enteógenas han sido sagradas, e incluso centrales, en los ritos religiosos de muchas civilizaciones humanas. Ejemplos de ello son el misterioso Kykeon de los ritos Eleusinos en la antigua Grecia y la Ayahuasca, utilizada en los ritos chamánicos de curación de los pueblos indígenas Amazónicos; los principales compuestos activos de la Ayahuasca, son: Harmina (como el de nuestra protagonista de hoy) y otros compuestos afines que actúan como inhibidores de la monoamino oxidasa (IMAO) que son los principios activos que le dan su fama de potenciador de otros psicodélicos; razón por la que algunos la denominan “La Ayahuasca del viejo mundo” y dimetiltriptamina (DMT) principal componente psicoactivo.

Decocción Ayahuasca

Así pues, nuestra Harmala, es un enteógeno, una planta sagrada que tiene la capacidad de hacernos ver a Dios dentro de nosotros, y parece que así se la ha tratado desde los albores de la civilización en Oriente Medio. El nombre “Harmal” en arábigo, significa tanto “tabú”, como “sagrado” y proviene de la misma raíz que la hebrea “herem”, que significa tabú; por curiosidad, he introducido el término Harmal en el traductor de Google y me dice que significa “daño”, así que parece que hasta en la raíz de su nombre, se hace referencia a la ambivalencia beneficio/daño de esta interesante planta.

No son pocos los autores que han especulado con que los efectos de las alucinaciones de las plantas que llamamos enteógenas están en la mismísima base de las religiones, incluida nuestra vecina que vive al borde del camino que lleva al cerro San Gregorio. Una planta abundante en la península del Sinaí, donde se especula que se ubica el monte del mismo nombre y en cuya cima Moises tuvo la transformadora experiencia de la zarza ardiente que le llevó a tomar la decisión de liberar a su pueblo y donde Dios le dio las famosas tablas de la ley con los Diez Mandamientos. No hace falta señalar la importancia histórica que han tenido estos Diez Mandamientos como piedra angular del Cristianismo y, por ende, en la civilización occidental. ¿Puede una mezcla de sustancias psicotropicas, al estilo de la ayahuasca, tener algo que ver con estos episodios bíblicos? 


Hemos comentado que la Ayahuasca se compone de un potenciador de los efectos alucinatorios a base de inhibidores de la monoaminooxidasa (nuestro Harmal) y plantas que proporcionan el principio propiamente psicoactivo (DMT) ¿Hay alguna planta que pueda proporcionar estos compuestos en Oriente Medio? La respuesta es, como podéis suponer, afirmativa. Las plantas que proporcionan DMT y que, a estas alturas no debería sorprendernos, también se han considerado sagradas, son las acacias; tan utilizadas en nuestro jardines como ornamentales. Las Acacias (asociadas al nacimiento de Osiris en el antiguo Egipto) ricas en DMT que crecen en la península del Sinaí son: Acacia albida, Acacia lactea y Acacia tortiles entre otras. Tenemos pues, los ingredientes equivalentes a un preparado alucinatorio que, desde tiempos inmemoriales hasta la actualidad, se usa en ritos chamánicos espirituales, altera el pensamiento, las emociones, el sentido del tiempo, se usa como oráculo y, además, una de las alucinaciones visuales frecuentemente citadas por los intoxicados, consiste en ver llamas ardientes en el campo visual.

Acacia tortilis.  

¿Pudo ser el episodio de Moisés y su visión mística de la zarza ardiente en el Monte Sinaí el relato de las visiones de un hombre bajo los efectos de una mezcla enteógena de nuestra protagonista de hoy Peganum Harmala y Acacia? ¿Pudieron inspirar estas drogas los Díez Mandamientos en los que se sustentan las bases de la ética occidental? No hay pruebas empíricas irrefutables, pero, vistas como encajan las piezas botánicas, antropológicas y descripciones bíblicas, no es descabellado imaginar que pudiera ser; y de no ser ciertas, nada nos impide disfrutar de especular sobre ello, enriqueciendo nuestros paseos con el aura de bellas e interesantes historias. Pero hay más…

Hermes protegiendo a Odiseo de Circe. A. Carracci.

Nuestra vecina, Peganum Harmala, también es sospechosa de tener un papel salvador en la mismísima Odisea, el poema épico donde Homero cuenta el viaje de vuelta a casa de Odiseo tras la guerra de Troya. En el canto X, se narra como los compañeros de Odiseo son hechizados por Circe, la hechicera, con un brebaje preparado con hierbas que los transforma en cerdos. Euríloco, uno de ellos, logra escapar y advertir a Odiseo del peligro. Éste, de camino hacia la mansión donde están cautivos sus compañeros con la intención de liberarlos, se encuentra con el Dios Hermes quien le proporciona una planta mágica que le inmuniza frente a los hechizos de Circe y esta planta, utilizada como contraencantamiento puede ser identificada, por su forma y propiedades como Ruda Salvaje o lo que el lo mismo, nuestra ya conocida vecina Peganum Harmala.

Así que ya sabéis, si en vuestros paseos por nuestros campos os tropezáis con una planta de hasta 80 cm de altura, con flores de cinco pétalos blancas y frutos triloculares que crece en los suelos yesosos, estáis ante Peganum Harmala, una planta que bien podría haber inspirado los pilares de la ética de la civilización occidental, salvado a Odiseo de las trampas de Circe, se usa como potente talismán contra el mal de ojo, y cuyas prometedoras propiedades farmacéuticas esta investigando actualmente la ciencia moderna. Un verdadero tesoro, tanto cultural como botánico, para disfrute de la vista y entendimiento de quien sepa apreciarlo.


Referencias: 

Magia y tradición: un ejemplo homérico https://dra.revistas.csic.es/index.php/dra/article/download/350/354

Biblical Entheogens: a Speculative Hypothesis: https://priory-of-sion.com/biblios/images/biblical_entheogens.pdf

https://es.wikipedia.org/wiki/Peganum_harmala

https://kahpi.net/syrian-rue-peganum-harmala-ayahuasca/

Ruda Siria: La ayahuasca del norte de África y euroasia. https://www.iceers.org/es/ruda-siria-peganum-harmala-ayahuasca/

Toxicity of Peganum harmala: Review and a Case Report: https://ijpt.iums.ac.ir/browse.php?a_id=3&slc_lang=en&sid=1&ftxt=1&fpdf_version=17

Pharmacological and therapeutic effects of Peganum harmala and its main alkaloids: http://www.phcogrev.com/article/2013/7/14/1041030973-7847120524

https://es.wikipedia.org/wiki/Enteógeno















lunes, 15 de mayo de 2023

PÚRPURA, ORO, HELENA DE TROYA Y LA BELLEZA ARREBATADORA. (Phlomis lychnitis y Phlomis herba-venti)

Hoy os presentaré dos plantas que podemos encontrar en Mayo en nuestros campos y cuya relación de color tiene que ver con el exclusivo púrpura de Tiro, el oro, Helena de Troya, la teoría de los colores y el sentido evolutivo de la belleza. Me refiero a la dorada Candilera (Phlomis lychnitis) y al púrpura aguavientos (Phlomis herba-venti)


Si hay en el imaginario colectivo un símbolo de belleza es Helena de Troya, la mujer por cuya belleza, nos cuenta el mito, comenzó la famosa guerra cantada por Homero en la Ilíada, de belleza semejante a Afrodita y que ocupaba su tiempo en labores cotidianas, como bordar un manto doble de púrpura: 

"Salió Helena de su perfumada estancia de elevado techo semejante a Afrodita, la de rueca de oro. (Od, IV, 122-122)"

"Hallola en su aposento estaba hilando un gran tejido
Un manto doble de púrpura, donde bordaba numerosas labores
De Troyanos domadores de potros, y de Aqueos, de broncinea túnica,
Queda causa suya estaban padeciendo a manos de Ares (III 125-128)"

No cuesta, por tanto, imaginar esta mítica Helena de arrebatadora fragancia, epítome de la belleza, con su larga y rubia melena cayendo lánguida sobre sus mejillas, destacando contra el púrpura del manto que teje con hilos dorados. Esa áurea belleza, aun más bella si cabe en contraste con el púrpura; ese manto púrpura, aun más bello si cabe, en contraste con la dorada Helena. Púrpura y oro, la combinación perfecta.
Helena de Troya por Evelyn de Morgan.

En el mundo clásico, el color púrpura -cuyo tono podía variar entre un rojo purpúreo y el morado- era un artículo comercial de lujo debido a la dificultad de la extracción del tinte, que consiste en la secreción de la glándula hipobranquial de ciertos caracoles marinos, para producir un gramo de púrpura se necesitaban 9000 moluscos aproximadamente, por lo que su uso se limitaba únicamente a artículos de lujo. En la Mitología occidental se atribuye su descubrimiento al perro de Hércules, cuya boca se tiño de púrpura al masticar caracoles en la costa de levante y su uso, no solo era prohibitivo debido a su precio sino que, incluso, llegó a estar restringido por ley, únicamente para uso de generales y emperadores. 

    El descubrimiento de la púrpura. Theodor Van Thulden.

Háganse una idea pues, de la potente simbología de esa Helena -similar a Afrodita- de dorados cabellos, cuya belleza originó una guerra en la que participó prácticamente todo el mundo conocido -una guerra mundial antigua- ocupando sus horas bordando con rueca de oro un manto púrpura: El sumun de la belleza, el prestigio, la riqueza y el poder.

Robin Wall Kimmere, botánica indígena, en su libro “Una trenza de hierba sagrada”, confiesa que decidió estudiar botánica porque quería descubrir por qué los asteres -de color púrpura- y las varas de oro canadienses – de color amarillo oro- las primeras flores que recordaba de su niñez, resultaban tan hermosos juntos; una aproximación científica a la belleza y las relaciones entre la naturaleza, los seres humanos y la “espiritualidad” que emana de sus propiedades emergentes. Nos explica que la belleza está en los ojos del observador, al menos, en la combinación de púrpuras y dorados: Los seres humanos percibimos los colores gracias a células receptoras especializadas (los bastones y conos) de la retina. En el ojo humano hay tres tipos de conos distintos, cada tipo de cono se ocupa de absorber distintas longitudes de onda; Los primeros, se ocupan de percibir el color rojo y las longitudes de onda asociados a este; los segundos, perciben el color azul; y por último, un tercer tipo de conos están diseñados para la percepción óptima de la luz de dos colores: El morado y el amarillo. Esto significa que nuestro ojo, está preparado de forma especial para detectar estos tonos y enviar señales al cerebro.


Los trabajadores de la belleza, los artistas, nos dicen que estos dos colores, amarillo y violeta, son colores complementarios en la rueda de los colores; juntos en la paleta se realzan mutuamente, se intensifican. Un mero toque de uno hace más vivido al otro. Ya lo dijo Goethe, científico y artista, en 1810 “Los colores diametralmente opuestos entre sí, son los que se evocan recíprocamente en el ojo”. El púrpura y el oro, forman así, un par reciproco. Nuestros ojos son tan sensibles a estas longitudes de onda, que los conos sufren una sobreestimulación; algo que, aunque nosotros ignoremos, parece que aprovechan las plantas púrpuras y amarillas cuando tienden a crecer juntas. Nos parecen más bellas y a los humanos -a pesar de la poca fe que nos profesan algunos- nos gusta cuidar las cosas bellas. Esta combinación de colores tiene,  por tanto, un valor adaptativo. 


El pasado sábado, 14 de Mayo, en uno de mis paseos por los campos de Añover, ese espartal sobre suelos de yeso cuya flora, si bien excepcional, no se caracteriza por ser especialmente llamativa, encontré esta combinación de colores en dos especies del mismo género: Phlomis lychnitis (amarilla) y Phlomis herba-venti (púrpura) destacando sobre el color ceniciento del suelo. En seguida me vino a la mente el valor adaptativo de esta combinación, así como su colosal significado cultural de estatus y de belleza, que ya, desde los albores de la humanidad, se le ha dado a esta combinación de colores.

Regresé a casa pensando que, para los ojos que saben mirar, en los cenicientos campos de Añover también tenemos nuestro epítome de la belleza, nuestra Helena de Troya, una Helena fugaz que, si bien no provocará una guerra, sí consigue que los paseantes informados, con las pupilas sobreexcitadas, vuelvan a casa con una sonrisa en los labios y la certeza de haber conquistado un pedacito, pequeño pero sublime, de su belleza.

domingo, 7 de junio de 2015

DESGREÑADA Y POLVORIENTA PERO SALADA Y RESULTONA (Salsola vermiculata)



Salsola vermiculata
Aprieta el calor del verano en nuestros cerros de yeso, la fuerte sequía hace que los campos se tornen amarillentos y el pasto disminuya. El agua escasea en un ambiente hostil, semidesértico, y cuando llega, lo hace de forma tormentosa, arrastrando los recursos edáficos cerro abajo, erosionando las cumbres, y acumulando sales en las vaguadas. 

En los secos y calurosos estíos de nuestros cerros, parece que todo aquello capaz de soportar vida, está destinado a morir, por las hostiles condiciones del medio. No solo se trata de sobrevivir, se trata de mantener las condiciones que hacen que la vida prospere. Aun así, en cualquier paseo por nuestros cerros. Con la mirada adecuada, constatamos que la vida se desborda en cada rincón,  que los cerros resisten, y sus habitantes los pueblan, generación, tras generación. 

Esto es posible, gracias a no pocos "Héroes anónimos", que luchan contra las inclemencias de un medio difícil, asegurándose, no solo su supervivencia, sino la del resto de organismos, al combatir las fuerzas que tienden a desertificar nuestros cerros y paliar sus efectos. 

Hoy pondremos nombre a uno de estos héroes anónimos que, si bien no es el más común, aporta e importa. Os quiero presentar a: Salsola vermiculata.


También llamada barrila, sisallo, caramillo, carambillo o tarrico, nuestra amiga de hoy es un arbusto poco aparente, con ramificación muy irregular, cuyo verde, a veces se tapa de un gris blanquecino por la mezcla de polvo y el efecto del recubrimiento de pelos de que dispone. Que podemos encontrar al borde de caminos, cultivos de secano, laderas, y en zonas por lo general, muy expuestas y soleadas.

Es una planta capaz de vivir en estos difíciles ambientes y que ofrece sus frutos el final del verano: Su metabolismo, el llamado C4, le permite reciclar el CO2 que respira al cerrar los estomas, para no perder el preciado agua, tan escaso. Su diseño y metabolismo, hacen que pueda sobrevivir donde otras plantas morirían, por desecación o insolación. Así mismo, es una planta muy resistente a la concentración de sales. 

Los pastores antiguos, ya aprendieron a reservar el Sisallo, para las ovejas paridas que precisaban más energía y un aumento de la leche, pastándola también los jumentos, mulos, caballos y bueyes. Demostrando nuestra Salsola vermiculata, que no solo es capaz de sobrevivir, sino también de alimentar a otros cuando pocos más pueden hacerlo, sosteniendo así el ecosistema.

Nuestro protagonista de hoy, también puede colonizar los taludes y laderas. Las tormentas de verano arrastran las sales hacia los valles, que de no ser parados por el freno adecuado, pueden dar lugar a una "subida de sales" en las vaguadas, que pueden llegar a agostar la siembra, antes que pudiera espigar. Nuestra planta se convierte así, entre otras, en un amortiguador de los efectos perniciosos de las tormentas, un guardian de los cultivos, que no requiere más gasto que el de dejarla vivir. 

Del Sisallo se obtenía también la "Barrilla". La barrilla llegó a tener su importancia en la economía de los Siglos XVII y XVIII, pues era materia prima esencial para la fabricación de jabones y vidrios. Esta eran los álcalis que resultaban de la incineración de plantas con alto contenido en sales orgánicas de sodio y potasio, entre las que se encuentra nuestra amiga de hoy, la Salsola vermiculata.

Esto es lo que dice G. Alonso Herrera en su libro "Agricultura general" impresa en 1818, que es revisión de la versión original de 1513.



Así pues, de paseo por nuestros campos y cerros, podremos encontrar esta planta excepcional, que ha sido, desde tiempos antiguos, guardiana de la vida de nuestros campos, evitando la erosión, proveyendo recursos químicos, usada para la colada, como fuente de alimento cuando otras escaseaban y mitigando la excesiva concentración de sales. Pero no solo eso. También sirve de planta nutricia y refugio de infinidad de invertebrados. Y dada su resistencia natural a las inclemencias de nuestros campos, no necesitan prácticamente nada para subsistir.

En ella también podemos encontrar las agallas producidas por los dipteros Stefaniola salsolaeStefaniola bilobata.

En fin, toda una heroína que podéis encontrar en los bordes de cualquier camino de nuestros cerros. Una planta con una gran historia a sus espaldas merecedora de ser contada, que ha convivido desde tiempos antiguos con el hombre. Enriqueciendo y dotando de vida los ambientes más difíciles.


domingo, 31 de mayo de 2015

LA DIABLESA DEL DESIERTO (Empusa pennata)

Empusa pennata
Según la mitología griega, la Empusa es una criatura guardiana del infierno, que puede cambiar de forma y le agrada pasear por parajes desérticos. A veces toma la forma de una bella cortesana, a fin de seducir a jóvenes ardientes y descuidados para, tras culminar los actos carnales, devorarlos y beber su sangre. 

Nuestra protagonista de hoy, toma su nombre de tan aterrador ser, Empusa pennata, Mantis palo, Diablillo o Muerte (como llaman algunos Añoveranos a todas las mantis) y al igual que el ser mitológico, vive en zonas áridas, de escasa vegetación. Pero no es la única coincidencia.

Estas fotos me las mandó nuestro vecino Jose, al encontrase una en nuestro, siempre tan diverso, campo.
Lo primero que salta a la vista es el buen camuflaje que tienen. La foto anterior está retocada a fin de que pueda verse mejor, pero en la original de la izquierda, se puede apreciar el alto grado de mimetismo con el ambiente. Y es que el color del adulto de nuestra diablesa, depende del entorno circundante cuando realiza la última muda, y va desde el pardo de la hierba seca, hasta el verde.

Como la malvada diablesa griega, nuestra mantis sabe pasar desapercibida.

La Mantis palo, a diferencia de otras mantis, se caracteriza por presentar tubérculos en la parte ventral del abdomen, disponiéndose enrollado en las ninfas y extendido en los adultos. Además de presentar una protuberancia en la cabeza. Los machos, como parece ser el de nuestra foto, presentan antenas largas bipectinadas (plumosas) siendo más cortas y lineales las de las hembras. Otra de las diferencias con otros mantoideos, es que pasan el invierno en forma de ninfa, no en forma de huevo.


Según ciertas leyendas castellanas, una Lamia (el equivalente latino de la Empusa) de extraordinaria belleza, puede aparecer en  determinadas fechas a la orilla del rio, peinándose sus cabellos. 

Al igual que nuestro diablillo de hoy, pues aunque la Empusa pennata habita preferiblemente zonas desérticas, también se la puede encontrar en las orillas de los ríos y cursos de agua, posiblemente atraída por la abundancia de presas que revolotean en sus alrededores. (La Mantis palo tiene un diseño corporal especializado en cazar insectos voladores, que atrapa con las patas posteriores, armadas con espinas. Si bien puede alimentarse de cualquier invertebrado que caiga entre sus potentes brazos; arañas, saltamontes, etc.)

Tanto su inquietante belleza, como su comportamiento sexual, igual que el de las mantis religiosas, son seguramente las características que le han hecho ganarse un nombre tan diabólico. ¿Quien no conoce a estas alturas el comportamiento sexual de las mantis?

Todo comienza cuando la hembra, en la época de reproducción emite unas feromonas al aire (perfúmenes de mujer) que el macho percibe con sus antenas. Siguiendo el rastro de las mismas hasta su origen son capaces de llegar hasta la hembra. Una vez localizada, el macho tiene que ser muy cuidadoso, pues la hembra puede devorarlo. Para evitarlo, el macho se acerca cuidadosamente por detrás hasta conseguir copular con ella, procurando mantenerse alejado de las patas posteriores de la hembra, que pudieran atraparle en un mortal abrazo. La hembra de Ampusa pennata, a pesar de haberse ganado el nombre diabólico, en realidad, devora a los machos con bastante menos frecuencia que la mantis religiosa (tengo un amigo que haría un buen chiste con esto).


A pesar de ciertas creencias populares que dotan a las mantis de una picadura venenosa e incluso mortal (recuerdo que siendo niño me dijeron que no me acercara a ellas pues eran "La muerte" y era fatal su picadura) en realidad, las mantis en general, y la nuestra en particular, no suponen ningún peligro para el ser humano y, de hecho, pueden ser beneficiosas, pues como depredadores voraces de invertebrados, ayudan al control de insectos indeseables, que pueden convertirse en plagas.

Así que ya sabeis, si en vuestros paseos os encontrais con este inquietante animal, camuflado entre la maleza, sabed que estáis ante Empusa pennata, una mantis peculiar que toma el nombre de un diablo mitológico, que habita las zonas áridas del sur de europa occidental, y que su maldad tiene, como su nombre, mucho más de cuento que de verdad. 

Quizás incluso su visión pueda iniciar una buena reflexión o conversación, pues conocer la historia de los habitantes de nuestra naturaleza, no solo es enriquecedor. También suma al disfrute de los paseos, el valor añadido del conocimiento.  

sábado, 30 de mayo de 2015

LA BESTIA DESCONOCIDA (Gluvia Dorsalis)



Esta preciosidad, me la hicieron llegar la semana pasada desde el colegio de Dario, para ver si les podía decir algo sobre esta "araña" tan rara. La señora de la limpieza la encontró en un baño. Me hizo una ilusión tremenda toparme, por fin, con este magnífico animal, al que nunca había tenido la oportunidad de ver "en directo".

Me encontraba ante uno de los arácnidos (no araña) más raros y desconocidos. Gluvia Dorsalis, un solífugo endémico exclusivamente de la península Ibérica. 

Los solífugos habitan principalmente las regiones desérticas y semidesérticas, donde se han descrito como posibles indicadores de este tipo de biomas. No obstante Gluvia Dorsalis, nuestro amigo de hoy, se ha encontrado en habitats de tipo mediterráneo, en la Iberia de veranos cálidos, independientemente de la dureza de los inviernos (Retamales, pinares, encinares, sabinares, alcornocales, quejigares, pastizales y tomillares).


Imaginad las bestias típicas de las leyendas del imaginario popular, ya sean de este u otro planeta: un animal acechante y desconocido, difícil de encontrar, que pasa escondido en su guarida, la mayor parte del día. Una bestia voraz, rápida y sigilosa, que solo en las horas crepúsculares y bajo el manto de la noche, sale en busca de víctimas. Acercándose a la luz, únicamente porque en ella puede encontrar multitud de presas.

Un animal de aspecto aterrador, con enormes y potentes mandíbulas, con las que despedaza a su víctima sin darla un respiro, unos brazos enormes, capaces de amarrar con fuerza cualquier intento de fuga y que segrega sobre su presa moribunda, un líquido capaz de "disolverlas", a fin de poder engullirlas fácilmente.

Estamos hablando de Gluvia Dorsalis.

Los solífugos tienden a ocultarse en guaridas temporales de carácter diario o temporal, de modo que durante el día, o durante determinadas épocas del año no son fáciles de ver. Algunas veces se les ha visto bajo la luz del alumbrado en busca de insectos que son atraídos por la misma, depredándolos activamente. 

Son muy rápidos y voraces, y aunque no tienen veneno como otros arácnidos, cazan apresando a sus víctimas con sus largos pedipalpos, terminados en una almohadilla adhesiva, y lanzando incesantes mordiscos con sus potentes queliceros de dientes aserrados, que hace las veces de mandíbula. Como otros arácnidos tienen digestión externa, consistente en rociar con jugos digestivos a su presa, lo que facilita la posterior succión de los restos en una forma fluida.

Los solifugos cuando caen al agua entran en un estado "catatónico", disminuyendo su metabolismo, pareciendo estar muertos. Pero una vez fuera del líquido y pasado un rato, se recuperan y reinician su actividad normalmente. Posiblemente se trate de una adaptación de estos animales a los ambientes áridos en donde en alguna época del año podría haber inundaciones por fuertes precipitaciones.



En fin, si tenéis la improbable suerte de encontraos con este extraño animal. Sabed que os encontráis ante Gluvia dorsalis, un arácnido del orden de los solífugos, que parece una araña, pero no lo es. Un depredador nato, voraz y muy rápido, que bien podría haber sido la inspiración de las bestias que cuentan las leyendas. Aun así, como en el conocido cuento "La Bella y la Bestia", una vez se le conoce en profundidad, uno no puede dejar de sentir cierta admiración por ellos. Por último os dejo un corto video del programa "El jardín viviente" donde se habla de ellos.